miércoles, 1 de julio de 2009

¿Somos lo que escuchamos?



Cristhian Manzanares

Ocurre con las frases hechas que naturalmente se refieren a otras personas menos a uno mismo; así que en un tormento de reprimendas de escaso fundamento saltan a la palestra muchos "profesionales" a afirmar sin complejos que somos lo que hacemos: los nutricionistas aseguran que somos lo que comemos, los arquitectos sugieren que somos la vivienda que habitamos, los modistos se ciñen a la idea de que somos lo que vestimos, los estilistas nos definen por nuestro corte de pelo, los novelistas por lo que leemos, los poetas por lo que lamentamos, los historiadores por lo que fuimos, los amantes de la psicología por lo que no hacemos y los clérigos por nuestra desidia o nuestro entusiasmo hacia sus creencias. Quizás somos una mezcla inaudita de todas esas tonterías, aunque la autosatisfacción del oyente no ande muy atenta al cruce de datos según la disciplina sociológica.

Más claro, como en todo, lo tiene la Biblia, ese formador de conductas y manierismos universal, para quien —cierta— música es, por decir lo menos, de cuidado. De acuerdo a la Palabra de Dios, nosotros no sólo somos influenciados por lo que oímos, sino que, más aún, somos lo que oímos. "El malo está atento al labio inicuo; y el mentiroso escucha a la lengua detractora" (Proverbios 17:4). Una lengua maliciosa es una perfecta descripción de la música que se escucha en los días que nos toca vivir, y la Biblia dice que aquello que uno gusta escuchar es reflejo de nuestro corazón. Como contrapartida, "La oreja que escucha la corrección de vida, entre los sabios morará" (Proverbios 15:31). ¿Convencido? ¿Compungido?

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